domingo, 3 de junio de 2012

Dermatitis


El pasado 26 de abril, El Roto publicó en El País un chiste en el que, para denunciar los recortes en el Sistema Nacional de Salud y sus posibles consecuencias sobre la asistencia a los enfermos, utilizaba el término dermatitis con la connotación de patología banal, en contraposición a la gravedad del cáncer:






















¿Qué son las dermatitis?

El sufijo “–itis” procede del griego, y denota inflamación. Unido a una raíz léxica que remita a cualquier órgano o parte del cuerpo humano, indica inflamación de ese órgano o parte. Por ejemplo, una apendicitis es una inflamación del apéndice, una laringitis es una inflamación de la laringe, y una artritis es la inflamación de una articulación; aunque no siempre el significado resulta tan evidente: una blefaritis es una inflamación del borde libre de los párpados, y una glositis es una inflamación de la lengua.

Dermatitis, por tanto, es un término genérico que significa “inflamación de la piel”. No hace referencia a ninguna causa concreta: es, por tanto, un cajón de sastre que incluye procesos muy diversos, y de gravedad variable.

Puesto que tanto las causas como los patrones de la inflamación pueden ser muy variados, el término dermatitis suele ir acompañado por un adjetivo u otro complemento que proporcione más información, generalmente acerca de su origen o su mecanismo de producción: por ejemplo, dermatitis atópica (en personas con predisposición a padecer alergia) o dermatitis de contacto (que aparece por contacto con alguna sustancia química del exterior, que actúa también desencadenando un mecanismo alérgico o simplemente como irritante).   

¿Son, ciertamente, banales las dermatitis?  Muchas sí lo son. Pero no todas.

Aunque algunas dermatitis pueden ser tremendamente molestas y difíciles de controlar, lo habitual es que no impliquen riesgo vital. No obstante, en alguna ocasión, una inflamación aguda (repentina) y extensa de la piel puede revestir una gravedad extrema: lo más frecuente son reacciones adversas a fármacos (generalmente de carácter alérgico), y para referirnos a estos casos suele preferirse el término toxicodermia, o toxicodermia medicamentosa (que, como puede verse, contiene una alusión explícita a su causa).

  

lunes, 30 de abril de 2012

Sobre estrés e hipertensión arterial



Entre los cambios diversos que van a llevarse a cabo en el Sistema Nacional de Salud como consecuencia de la crisis económica se incluye la participación de los pensionistas, que hasta ahora disfrutaban de gratuidad en la prestación farmacéutica, en la financiación de los medicamentos que les sean prescritos.

Muchas son las referencias que los humoristas gráficos han hecho en las últimas semanas a los recortes en sanidad, y particularmente al que acabamos de mencionar. De entre tales referencias, hemos seleccionado algunas que nos van a permitir abordar en este blog conceptos de carácter científico.

El primer ejemplo se debe al lápiz de Mel, quien el 19 de abril publicaba en Diario de Cádiz un chiste en el que dos ancianos se proponían no dejarse llevar por la emoción ante la noticia, para no agravar su condición de hipertensos:










En efecto, el planteamiento tiene un fundamento científico.    

Tensión arterial es la denominación que damos a la presión con que la sangre circula por las arterias del organismo. Esa presión depende de circunstancias diversas, algunas de las cuales se relacionan con el funcionamiento del corazón (cuyo latido continuo, sin descanso ni siquiera durante el sueño, impulsa la sangre como una bomba hidráulica), y otras con la cantidad de sangre que hay en el torrente sanguíneo (por ese motivo, cuando se pierde sangre por una hemorragia, la tensión arterial cae) o con la resistencia que las propias paredes de las arterias pueden ofrecer al paso de la sangre (pues tales arterias no son tuberías inertes, sino que, por el contrario, reaccionan a diversos estímulos aumentando o disminuyendo su calibre mediante los mecanismos que llamamos de vasoconstricción o vasodilatación).

Sabemos que cuando la tensión arterial sobrepasa determinados niveles, se relaciona con una mayor probabilidad de aparición de enfermedades vasculares, como infarto agudo de miocardio o hemorragias cerebrales. Por ello, cuando la tensión arterial sube por encima de los niveles que consideramos deseables, hablamos de hipertensión arterial. La hipertensión arterial es una condición que puede pasar desapercibida a quien la padece (ni duele ni produce ninguna otra sensación subjetiva identificable) y que se considera un factor de riesgo importante para enfermedades como las que hemos mencionado.      

Pues bien, sabemos que, efectivamente, el estrés psíquico o la ira pueden aumentar la tensión arterial.

En situaciones de estrés o ansiedad, se activa el sistema nervioso simpático, liberándose hormonas (como la adrenalina y la noradrenalina) que preparan al organismo para la lucha o para la huida. Entre sus efectos, se incluye un aumento del rendimiento cardiaco (por incremento de la frecuencia cardiaca y de la fuerza de contracción) y vasoconstricción en algunas zonas del organismo (para aumentar la disponibilidad de sangre y, por tanto, de oxígeno, que llega a los músculos), todo lo cual puede traducirse en un aumento de la tensión arterial. Un estrés mantenido, o cuadros de ansiedad repetidos, pueden desencadenar cambios fisiológicos que hagan que una persona que previamente tenía cifras normales de tensión arterial sea diagnosticada de hipertensa, o que resulte más difícíl tratar una hipertensión previamente conocida.

Ojalá, entonces, fuésemos capaces de controlar nuestras emociones negativas como proponen los personajes del chiste de Mel. Lástima que no siempre sea fácil.

domingo, 11 de diciembre de 2011

¿A qué se deben las canas?


El pasado 9 de diciembre de 2011, el humorista chileno Olea presentó, en su blog Oleísmos, a Santa Claus relacionando la aparición de un pelo negro en su barba con su propio envejecimiento:























El color del cabello (al igual que el color de la piel) depende de un pigmento llamado melanina, que se produce en las células conocidas como melanocitos. La diferencia de color del pelo entre distintas personas depende de la mezcla de diferentes cantidades de dos variantes del pigmento (la feomelanina, más clara, y la eumelanina, más oscura), cuya proporción viene condicionada por factores genéticos. Lo habitual es que esa pigmentación varíe conforme avanza la edad del individuo. Generalmente, el pelo sufre un proceso que lo oscurece entre la infancia y la adolescencia. Después la tonalidad del cabello alcanza una fase estacionaria y posteriormente, con el paso del tiempo, los melanocitos pierden, primero, su función, y luego desaparecen: por ello, alcanzada la madurez, nuestro cabello pierde pigmentación, pasando primero a gris y luego a blanco, de forma gradual y no uniforme.

Aunque ese proceso de pérdida, irreversible una vez instaurado, no es exclusivo de los cabellos, sin embargo en la piel su manifestación no resulta tan evidente, pues ésta mantiene el color mucho mejor.

Canicie es el nombre que recibe la progresiva pérdida de color del pelo (cada uno de esos cabellos blancos se llama, entonces, cana), y es un hecho fisiológico: no se trata, pues, de una enfermedad, sino de un fenómeno ligado al inevitable proceso de envejecimiento a que todos estamos sujetos (como suele decirse al hablar de envejecimiento, “la alternativa sería mucho peor”).

En muchas culturas, las canas se han relacionado con sabiduría y conocimiento: cierto es que, en general (hay excepciones, pues existe la posibilidad de que aparezcan de forma precoz), la canicie fisiológica (también llamada de la senectud) puede relacionarse con la experiencia, y, por eso mismo, con la sabiduría ligada a la misma (como destaca nuestro refranero, “más sabe el diablo por viejo, que por diablo”). Precisamente para indicar su longevidad, Papá Noel siempre se representa como un hombre viejo. Los rasgos fundamentales de su imagen actual se atribuyen al dibujante alemán Thomas Nast, quien lo presentó como un anciano obeso y bonachón en unas ilustraciones navideñas aparecidas en el periódico estadounidense Harper’s Weekly Newspaper a partir de 1863: